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Atalaya reinterpreta La Celestina

  • Celestina. La tragicomedia de Fernando de Rojas
  • Adaptación y versión de Ricardo Iniesta
  • Intérpretes: Carmen Gallardo, Raúl Vera, Silvia Garzón, Manuel Asensio, Jerónimo Arenal, Lidia Mauduit, María Sanz
  • Música: Luis Navarro
  • Vestuario: Carmen Giles

Atalaya reinterpreta la Celestina

Una crítica de Davide Mombelli

La Tragicomedia de Calisto y Melibea es una de las obras fundacionales de la literatura española. Escrita hacia finales del siglo XV, en una época de transición entre la Edad Media y el Renacimiento, es un texto novedoso, insólito, y por eso genial. El título mismo es una declaración de poética: en las líneas que conforman la Tragicomedia se entremezclan dos géneros dramáticos que en la tradición clásica (que en aquellos años se estaba paulatinamente recuperando) estaban tajantemente separados (Aristóteles dixit). Ésta es la gran novedad que caracteriza la composición de Fernando de Rojas, una obra magistral que es el antecedente de lo que será el arte nuevo de hacer comedias, la gran aportación española a la historia del teatro universal.

Ricardo Iniesta, a la cabeza de la compañía andaluza Atalaya, ofrece una versión recortada de este gran clásico, comprimiendo el texto original en una representación de menos de dos horas de duración. El director declaró en una entrevista que uno de sus objetivos es reivindicar “lo clásico y lo antiguo, pero nunca lo viejo y el cartón piedra”, una afirmación cuya veracidad pudo comprobar quien asistiera a la función en el Paraninfo de Alicante el pasado miércoles 8 de mayo. Iniesta propone a los espectadores una muy personal reinterpretación de la Tragicomedia. La exuberante invención lingüística de Rojas está amplificada por un empleo intencionadamente acentuado de la expresión y de la mímica corporal: los actores, casi imitando la inquietud gesticulante de las máscaras de la commedia dell’arte, interpretan expresionistamente las intervenciones del texto original. Sin embargo, los gestos y los movimientos se hacen cada vez menos explícitos y recargados según la comedia va cediendo paso a la tragedia.

La iluminación, casi siempre sabiamente utilizada, juega un papel fundamental en la representación: la luz logra ampliar el espacio dramático, como en la fantástica escena del suicidio de Melibea, así como focalizar, en los varios apartes, la mirada en la interioridad de los personajes. En ocasiones la escena cobra una plasticidad exquisitamente pictórica (en algún momento vemos casi asomar al Goya de las Pinturas negras), gracias también a una atenta disposición de los actores.

En cuanto a la puesta en escena, asombra la ductilidad escenográfica que adquieren unas simples mesas de hierro: éstas, según el contexto, se transforman mágicamente en ventanas, paredes, pedestales, árboles, cadalsos, camas, etc. (hay que reconocer la aguda inteligencia del director, quien sabe hacer frente a las muy poco favorables contingencias económicas actuales con esta acertada estratagema). Extraordinario es el efecto que se consigue en la escena de la muerte de Calisto, cuando el cuerpo del protagonista, ya sin vida, queda atrapado en una telaraña formada por las patas de las mesas. Además, destaca el uso de unos hilos rojos, elemento cuya presencia se reitera a lo largo de la función, y que representan metafóricamente las artimañas que Celestina va tejiendo para que Melibea caiga en su diabólica red.

Carmen Gallardo estuvo verdaderamente excepcional en su actuación del personaje de Celestina. Muy buena fue también la prestación de Manuel Asensio, quien da vida tanto a Sempronio como a Centurio. Raúl Vera, en la piel de Calisto, no convence demasiado, puede que por el vestuario elegido y por una menor agilidad y armonía en el movimiento. Sin embargo, se rescata plenamente gracias al conclusivo planto de Pleberio, con el que logra alcanzar cotas emocionales muy intensas. A destacar también la muy buena interpretación de los demás actores, quienes demuestran saber bailar, bien actuar y, además, cantar (positivas, a pesar de algún que otro pequeño problema de afinación, las partes corales).

La crítica filológica se está devanando los sesos desde hace siglos para establecer si la Celestina es una pieza teatral o una novela: después de asistir a una excelente representación como es la de la compañía Atalaya, en la que se logra expresar todo el erotismo y el patetismo de la obra, es imposible negar, amén de los estudios eruditos que lo hacen, la impresionante (y modernísima) potencialidad dramática del texto de Rojas.

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