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Callejón sin entrada: una crítica de 016 ejercicio fallido para mujeres

016, Ejercicio fallido para las mujeres de Fulgencio M. Lax
Intérpretes: Laura Miralles, Morgan Blasco. Dirección Fulgencio M. Lax.
24 de noviembre
Paraninfo de la Universidad de Alicante.

 

Callejón sin entrada

Una crítica de Benito E. Valero016 Ejercicio fallido para mujeres


En la víspera del día contra la violencia de género se estrena en el Paraninfo una propuesta teatral cuyo autor, Fulgencio M. Lax, suscribe la hoy mayoritaria hipótesis de que la violencia de género hunde sus raíces en el sistema cultural y en los valores de una sociedad tradicionalmente machista. Quizá por este motivo la obra evita profundizar demasiado en los detalles personales o en las intimidades de una pareja que acaba hundiéndose en la espiral de la violencia, y así deja sitio a la denuncia del sempiterno esquema de dominación masculina.

Para realizar su texto, el autor/director dispone en el escenario pocas sillas, unos plásticos blancos que, cuando los manipula el actor, imitan el sonido de una lluvia agorera, y finalmente, a la derecha del espectador, una papelera llena de latas vacías y despojos del marido, desorden metonímico de su situación psicológica. La estructura de la obra se despliega sobre varias escenas no necesariamente conectadas cronológicamente, hecho que puede desconcertar al espectador, que además asiste a un espectáculo llevado a cabo por dos actores que se desdoblan en varios papeles: unas veces encarnan a la pareja antagonista, otras son meros narradores de los hechos, y también hay lugar para dislocar la acción y representar a una pareja diferente que se encuentra por casualidad, aunque sobre esta nueva amistad se intuyen las sombras de los personajes anteriores. Él (Morgan Blasco) atrapa al público con su dicción y gesticulación, y ha depurado con mérito los desmanes que el gesto violento exige. Ella (Laura Miralles) complementa al actor y, aunque su papel se presta menos a la exhibición, conforme progresa la actuación logra apoyarse sobre una candidez mutilada que resulta efectiva, especialmente al repetir en apartes las frases violentas del marido, que como un clavo asaetan al espectador. Las luces y la música se preocupan de anunciar la tensión, y predominan las notas disonantes y las opacidades lumínicas con el empeño de acompañar al anunciado episodio oscuro. En ocasiones, el vestuario y el maquillaje cobran un macabro protagonismo, pero sobre ellos destaca un elemento del utillaje: cuando Ella abandona el hogar, o la guarida del monstruo, lleva consigo una maleta y una pala que, como la pistola de Chéjov, aparenta ser un heraldo de la desgracia.

No sabría decir si el incumplimiento de la máxima de Chéjov es un fallo estructural o el intento de dar lugar a una esperanza. Lo cierto es que el texto descansa sobre varias ambigüedades que en parte multiplican las posibles interpretaciones. La más hiriente es la incertidumbre sobre el origen de la degeneración de la pareja: sabemos que él es violento, bebe, que yerra en sus regalos machistas, que hay un enfriamiento pasional, que la rutina deviene en letalidad… Pero queda a juicio del espectador imaginar qué desencadenó la violencia, por qué esta pareja se nos presenta ya en un callejón del que desconocemos la entrada. El autor prefiere tirar balones a la estructura social patriarcal (dependencia económica de la mujer, tolerancia de la restricción de su vida social, celos derivados de la necesidad de controlar) y dejar sin clímax argumental a la relación difunta de Él y Ella.  

 

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El texto alcanza momentáneamente cotas de poeticidad al poblar los monólogos de metáforas que explican el vacío existencial y la falta de comunicación que anega a la pareja. El desierto, la calle larga y sin desembocaduras, las huellas, las sombras… Estas sutilezas se tornan verbo abierto y sangrante en las discusiones, donde aflora el conflicto y, como era de esperar, la desaforada agresividad de Él, incapaz de comprenderse siquiera a sí mismo.

Como anuncia la primera escena, en realidad la violencia irrumpe del silencio, de la incomunicación. El otro deviene en extraño; el extraño, en enemigo. El dolor callado genera la úlcera que acaba sangrando en el rostro de la actriz, y se cierra una obra con un mensaje de denuncia que ha pretendido visibilizar la incomodidad de la violencia, el tabú de la intimidad desgarrada, el pathos ubicado fuera del escenario pero publicado con funesta periodicidad en los informativos.

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