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Alabada sea la rareza, una crítica de Petits monstres


Petits monstres, de Marilia Samper
Dirección: Marilia Samper
Versión: Lola Armadás y Marc Rosich
Intérpretes: Vanessa Segura, David Vert y Marta Aran.
Escenografía: Enric Planas
Iluminación: Gervasi Juan Colet.
Composición musical: Roger Torns
Coproducción: La Villarroel y Teatro obligatori
18 de febrero de 2016. Paraninfo de la Universidad de Alicante

Alabada sea la rareza

Una crítica de Jorge Ruipérez Puentes



Un desordenado desván, como este en el que dialogan, aman y odian los tres personajes de Petits monstres, parece una excelente metáfora con la que esbozar la confusión –casi patológica– que define al individuo de nuestros días: Ana es una singular artista sin trabajo que, con cuarenta años, todavía vive en casa de sus padres; Marta, su hermana, una arquitecta de treinta años que nunca ha ejercido su profesión, se ve obligada a subsistir con trabajos de dependienta; David, el novio de Marta, está dispuesto a cualquier cosa para darle alas a una relación que no puede terminar, no solo por razones sentimentales, sino porque eso supondría su vuelta al hogar familiar.
La propia compañía, Teatre Obligatori, presenta su trabajo en el folleto de mano como “la comedia de la crisis de los cuarenta”; no obstante, dejando a un lado que, efectivamente, el personaje central tiene cuarenta años, quienes ronden la veintena también disfrutarán con la descarada y sarcástica Ana, auténtico centro de interés de la comedia. Y es que ella, anquilosada en una eterna juventud –o infancia, a veces cuesta distinguirlas–, no sufre únicamente los problemas de una determinada edad, sino que nos habla con las razones, las circunstancias y la voz de una generación entera. Podríamos trazar una línea que fuera desde Woody Allen y su búsqueda desesperada de la fe –religión por religión, gurú por gurú– en Hannah y sus hermanas hasta Lena Dunham, la protagonista de la exitosa serie Girls, y, en algún punto entre el nihilismo, la falta de madurez y la hipocondría, hallaríamos el lugar exacto donde nace la extravagante protagonista de esta comedia y sus “pequeños monstruos”.     
 Así, en torno al retrato de este atrayente personaje femenino se yergue el armazón de la comedia, en la que los dos personajes restantes no provocan un interés mayor que el meramente estructural, únicamente dedicados, mediante una serie de diálogos anclados en el tópico, a dar cobertura dramática a las ácidas salidas de tono de Ana. De esta manera, aunque se intenta, nuestra protagonista no llega a toparse con la pared de la realidad que podrían haber sido las réplicas de Marta, sino que se dedica a señorear junto con sus hilarantes rarezas sobre las tablas. Por tanto, el texto de Marilia Samper, en órbita alrededor de las locuras de Ana, bien podría haber profundizado en el núcleo vital del personaje con un gran monólogo; sin embargo, al compartir escena con otros dos personajes, resulta imposible vislumbrar su intimidad más honesta –seguro que interesantísima–, mostrándose únicamente la cara sarcástica que muestra ante su hermana y su cuñado. Junto a ello, la ausencia de un conflicto dramático de envergadura que implique a sus personajes, demasiado acomodados en una sucesión de diálogos lúcidos pero sin dirección, unido a una suerte de confuso epílogo, precipita el final de una obra que acusa ciertos problemas de ritmo, pese a durar hora y cuarto.      
Con todo, el espectáculo sabe mantener su viveza; en gran medida, gracias al trabajo de Vanessa Segura, que nos ofrece una interpretación fresca y desvergonzada de un personaje que no merecía menor entrega y capacidad de juego. Por su lado, David Vert y Marta Aran representan con correcta soltura, por un lado, el tópico del hombre naturista, tan amante de los animales y las hierbas como sumiso de su pareja, y, por otro, la mujer de clase media amiga de sus amigas. Asimismo, estas interpretaciones se desarrollan en una escenografía realizada con buen gusto, fiel reflejo de un desván en el que un ser bastante particular pasa los días y las horas: un caballo de madera, maletas, una sombrilla, colillas en el suelo… y mientras tanto se inicia la función. La escena se va pintando con los tonos amarillentos de tres bombillas viejas, música indie suena a todo volumen y, al mismo tiempo que Ana baila, el humo de su cigarro dibuja formas raras, caprichosas, imposibles. Imposibles como ella misma, imposible como una época. No hay que asustarse. Solo son los tiempos que nos hay tocado vivir.  
        

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