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La violencia a escena

  • Peceras de Carlos Be.
  • Compañía teatral: The Zombie Company.
  • Dirección: Carlos Be.
  • Vestuario: Antoni Delgado.
  • Coreografía: Elisa Morris.
  • Actores: Carmen Mayordomo, Fran Arráez, Iván Ugalde.
  • Paraninfo, Universidad de Alicante. 22/11/2012.

LA VIOLENCIA A ESCENA


Una crítica de Davide Mombelli

“Recuerde. Está a punto de entrar en una de nuestras peceras” : así advierte el folleto informativo de Peceras, obra teatral de Carlos Be representada el pasado día 22 de noviembre en el Paraninfo de la Universidad de Alicante. “El contenido de la Pecera puede herir su sensibilidad. Si abandona su interior no podrá volver a entrar”. Extraña este curioso Parental Advisory, sobre todo cuando se presenta la puesta en escena: cómodas sillas alrededor de una alfombra a las que estamos invitados a sentarnos, una mesilla con dos jarras de líquido amarillo (gin lemon: quien lo probó lo sabe), revistas del corazón sobre un taburete. Una música blues suena de fondo, mientras esperamos impacientemente que algo ocurra. Por fin, dos presuntos espectadores (Fran Arráez y un excelente Ivan Ugalde) empiezan a hablar con un sospechoso tono indiscreto. Cuando se levantan y alcanzan el centro del ring de sillas, el show puede comenzar.

El inicio desconcierta un poco: un diálogo banal sobre actualidad parece encaminar la obra hacia el cabaret. Un improbable baile y un karaoke improvisado casi lo confirman. Pero cuando una voz en off introduce el primer “cuadro”, una de las escenas por las que se estructura la obra, la representación toma un rumbo inesperado. Coincide con el primer “oscuro total” la brusca aparición del tercer y último actor: entra así en escena Carmen Mayordomo, sorprendente en el papel de Lidia; ésta, vestida completamente de negro, se presenta con un lirio en la mano, esa flor que según el folclore crece en las tumbas de los inocentes ejecutados por error. A partir de este momento la obra da un giro extraordinario. “El último invitado” es una “víctima profesional”, pagada por los dos amigos para desahogar sus instintos más perversos y tenebrosos. En este juego enfermizo de crueldad gratuita el espectador está invitado – o mejor dicho obligado – a participar: en tanto que voyeur forzado, no puede escapar de este “nuevo espacio de recreación” que es la pecera. La obra viene a ser, por tanto, una reflexión sobre la violencia de género, sobre el abuso del fuerte contra el débil. Y lo que más inquieta es que en la ficción esta injusta dialéctica está institucionalizada, protegida por unas leyes que legalizan el crimen. Juego y violencia se confunden, como en Funny Games de Michael Haneke, y confunden a la vez al público.

La peculiar mise en scène pretende cortar la distancia canónica entre espectador y espectáculo, consiguiéndolo: la ficción entra en el espacio de la realidad, como la realidad invade el espacio de la ficción. Esta intimidad que arropa en un primer momento a los presentes, sentados tranquilamente en el escenario, se torna luego en contra de ellos: la cercanía deviene incómoda, amenazante. Los actores saben muy bien conducir este cambio de tono: las vejaciones que Lidia padece son muy creíbles, y el lenguaje corporal de los intérpretes es muy expresivo.

Peceras busca al espectador, atrapándolo en su red sin dejarle vías de huida, quizá de una forma demasiado fácil y agresiva pero, eso sí, eficaz. El autor Carlos Be, como él mismo comenta en su blog, enmarca su obra en la corriente del teatro in-yer-face, un tipo de representación que sacude e impresiona al público con un lenguaje explícito y perturbador, donde la crueldad es exhibida y ya no ocultada detrás de la skené como en la tragedia clásica.

La música elegida se amalgama muy bien con el tema de la obra. Acertada en particular la elección de Feelin’ good versionada por Muse: “fish in the sea, you know how I feel” canta Bellamy en el momento más álgido de la representación.

Consumada finalmente la violencia, los dos verdugos bajan del escenario y se pierden en la oscuridad de la platea, acompañados por las notas alegres e irónicas de Gimme some lovin’. Quedan atrapados en las invisibles paredes de la pecera los fantasmas de un mundo ficcional más o menos futurible, un territorio distópico ya habitado por el desprotegido que sufrió sobre su piel, en un pasado no demasiado lejano, la terrible banalidad del mal.

Fichero adjunto: Peceras-2374IMG_6065


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