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TRAZOS EN El AIRE


  • Intérprete: Antonio Narejos.
  • Instrumento: piano.
  • Lugar del concierto: Sala Sempere del Museo de la Universidad de Alicante (MUA)
  • 28/11/2012

Una crítica de Ana Santacreu


La riqueza del arte reside en su capacidad de expresar, de transmitir, ya sea con palabras, con sonidos, con mármoles o con colores, las ideas de su creador. El medio no es lo que prima en ese proceso creativo. En él, lo importante será dar forma, dar vida, a ese ser inerte que reside en el pensamiento del músico, del escultor o del pintor. El recital que ofrecería el pianista Antonio Narejos, Pintura en la música, reflejaría este mismo hecho al compendiar, a la perfección, dos artes con canales de difusión tan distintos: el sonido y el color. Quedó de manifiesto la inexistencia de barreras o fronteras cuando se trata de comunicar, cuando se trata de sentir, ya sea con música o con pintura. Para demostrarlo, planteó este concierto de piano, el cual iría siempre acompañado por una serie de imágenes, origen de cada una de las composiciones.

El evento se realizó con motivo de la inauguración de los Encuentros de Arte Contemporáneo (EAC) y su organización fue llevada a cabo por la Universidad de Alicante, a la que, en cierta medida, se la echó en falta a la hora de dar comienzo y fin a la actuación. El propio Narejos tomaría ese papel e iniciaría la velada con la explicación de cada una de las obras del programa. Este constaba de tres piezas con un denominador común: las tres se considerarían música descriptiva o de programa. La razón de este hecho es que todas se han conformado a partir de obras pictóricas. Las notas, esta vez, serían el color de estos cuadros, en el aire.

En un espacio íntimo, que apenas daría cabida a unas cien personas, se erigió el pianista, dando las primeras “pinceladas musicales” con La puerta del vino, de Claude Debussy. Esta obra nace de la sugerencia de una tarjeta postal, enviada por Manuel de Falla, en la que se mostraba la imagen de la famosa puerta, ubicada en la Alhambra de Granada. La obra arquitectónica cautivó al compositor francés desde el principio, quien, sin haberla visitado nunca, la vivificaría a partir de escalas orientales, fieles representantes de la naturaleza árabe de la misma. La puerta combina en su arquitectura tanto la aspereza como la pasión de los árabes, representadas con la piedra y el color ocre.
El contraste de luz y sombra, que refleja la entrada mudéjar, se muestra en la obra musical a partir de la contraposición de momentos de extrema violencia con otros de indudable dulzura, con la utilización de sonoridades hostiles que se combinan con otras más cálidas. Los trinos y grupettos de notas, muy ligeros, también contrastarán con el bajo, grave y pesante, de la mano izquierda, siguiendo ese continuo afán por mostrar ese juego de oposiciones que impregnan la creación arquitectónica. La destreza musical de Narejos permitió que disfrutásemos de la interpretación de esta obra del Impresionismo musical francés, de complicada ejecución y expresión.

La segunda de las piezas fue compuesta por el propio Antonio Narejos. Minotauro es un homenaje al pintor José Lucas y a su obra. La música destacará el colorido, muy intenso, de estos retratos a pincel, inspirados en el mito griego del hombre con cabeza de toro que fue encerrado en un laberinto. La pintura se entrelaza, una vez más, con la música conformando este elenco de cinco movimientos: I. Pesante de energico, II. Scherzo, III. Lento con molta espressione, IV. Vivace y V. Deciso. Narejos pinta una violenta sinfonía de luces y colores, siguiendo con la sintonía de contraposiciones de La puerta del vino. Es una obra con un lenguaje claramente contemporáneo y, por ello, es cierto que sus disonancias y sus enrevesados juegos contrapuntísticos pudiesen resultar un problema para el oído del espectador novel, más acostumbrado a las melodías clásicas de Mozart o Beethoven. No obstante, la complejidad no difuminará la calidad expresiva del compositor y ejecutante.

Cuadros de una exposición, de Modest Mussorgsky, sería la tercera obra del programa. Esta suite es más conocida por los amantes de la música. Se conforma por quince piezas para piano inspiradas en los cuadros del artista Viktor Alexandrovich Hartmann. La interpretación de Narejos expresó la magnitud de una obra que estamos más acostumbrados a escuchar en su versión orquestada. La labor del intérprete, a la hora de dibujar con su música, se complica con las limitaciones del propio instrumento. Es cierto que la versión de Ravel, para orquesta, se presenta mucho más rica y grandiosa que la de piano, a simple vista, pero esto será por la facilidad que le aporta la diversidad de timbres y las numerosas posibilidades dinámicas que ofrece una orquesta sinfónica. Sin lugar a dudas, Antonio Narejos realizó una magnífica representación de ese paseo contemplativo por los diez cuadros de Hartmann. El promenade, compuesto por una melodía pentatónica, funcionará como leimotiv, representando los pasos del propio compositor, que viaja de cuadro a cuadro, de historia a historia, por esa imaginaria galería de arte. Los Cuadros muestran desde malévolas historias de gnomos, hasta nostálgicas historias de amor entre trovadores y bellas damas. Es un atractivo elenco de breves movimientos en los que la tensión se prolonga hasta los últimos acordes de La Grande Porte de Kiev.

Es innegable el virtuosismo y la intachable formación de Antonio Narejos. No obstante, cabe recalcar la velocidad, tal vez demasiado impetuosa, del recital. Este hecho desfavorecería, en cierta manera, el trabajo del pianista ya que se trataba de encontrar el sentido, en primer lugar, de obras pictóricas contemporáneas de compleja interpretación, para luego poder hallar la expresión en la música. Disfrutar del sabor de los trazos de un cuadro, o de los sonidos de una pieza musical, requiere un tiempo y, quizás, una intimidad. Un espacio tan iluminado puede ir en contra de este hecho. No obstante, a pesar de este apunte disonante, tanto el repertorio escogido como el propio artista, fueron del todo adecuados. La suma de artes, sin lugar a dudas, logra un resultado exuberante y enriquecedor al no limitar, sino agrandar, la visión del espectador. De alguna forma, ya no se delimita la labor del pintor o la del músico. Los colores se pincelan en un lienzo, pero también viajan ligeros en el aire.

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