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Crítica de 'La piel que habito'

Título: La piel que habito
Elenco: Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes, Jan Cornet, Blanca Suárez.
Género: Thriller psicológico/Drama.
Director: Pedro Almodóvar Escritor: Pedro Almodóvar (Basada en la novela de Thierry Jonquet Tarántula).
Productor: El Deseo S.A.
Música: Alberto Iglesias.
Fotografía: José Luis Alcaine.
País: España.
Año: 2011.
Duración: 117 min.

"UN DESCENSO A LOS INFIERNOS PARA HALLAR LA REDENCIÓN", por José Manuel Payá

Dicen que hay que estudiar y prepararse mucho para ser director de cine, otros dicen que es cuestión de enchufe, de dinero; personalmente creo que nada de esto es necesario. Si bien es cierto que una buena preparación allana el camino a la hora de desempeñar las funciones de dirección y unos buenos contactos facilitan la incursión en el mundillo, ni lo uno ni lo otro tiene absolutamente nada que ver con que uno acabe siendo un director de renombre. Y si el lector opina, llegados a este punto, que quien esto escribe desvaría, a las pruebas me remito y cito a un par de ejemplos como bien pueden ser los maestros Quentin Tarantino y Pedro Almodóvar. “Ahora sí, ahora sí que dejo de leer este despropósito.” pensará el lector tras digerir la última línea pero, si se me dispensa, trataré de explicarme.

Recuerdo haber visto un par de películas de Almodóvar antes que la que nos ocupa y ambas ayudaron a crear la aversión y el rechazo hacia él y su cine por mi parte. Contaba yo con 12 o 13 años por aquel entonces y todavía creía que uno necesitaba haber estudiado cine y haber gastado mucho dinero en “formarse” para tener el “derecho” a ser director de cine. Por tanto, el Señor Pedro Almodóvar me parecía poco menos que un intruso desacertado en aquellos días. Y es que, ¿cómo iba alguien surgido de las entrañas de La Movida madrileña a poder ser considerado director de cine? Contestaré con otra pregunta: ¿Cómo va a ser un humilde empleado de videoclub uno de los directores de cine más relevantes que tenemos hoy día? Y, ante todo pronóstico resulta que servidor estaba completamente equivocado, pues el talento no proviene de si uno ha podido o no estudiar, o de si uno tiene más o menos dinero, o de si uno tiene más o menos enchufe. Esas cosas solo sirven para catapultar a la fama a gente sin talento mientras que quienes verdaderamente lo tienen acaban logrando reconocimiento por sus propios medios y ahí tenemos a Tarantino y Almodóvar atestiguándolo.

“Un momento, ¿qué ha cambiado? ¿No odiabas a Almodóvar?” se preguntará el lector. Pues sí, he de admitir que durante un tiempo lo condené injustamente y lo que me hizo cambiar de opinión y hace que ahora sienta que le debo una disculpa a este genial cineasta se llama La piel que habito.

Un cirujano plástico con un descubrimiento revolucionario, un joven cautivo, una misteriosa chica con algunas cicatrices en su cuerpo, un trágico accidente, una imponente mansión como testigo. Es difícil definir esta película con una sinopsis y es preferible que el espectador acuda a verla lo más desinformado posible para disfrutar como se debe la experiencia. Los recovecos de su guión están pensados para ser descubiertos mientras se ve, es de esas películas que van desvelando sorpresas en su transcurso y que admite revisitarla, ya que con cada nuevo visionado descubrimos detalles pasados por alto al ver la historia desde una nueva perspectiva.

Muy deudora a influencias como Los ojos sin rostro de Georges Franju y basada en la novela de Thierry Jonquet Tarántula, La piel que habito se adentra en recónditos lugares del interior más oscuro ser humano que desvelan nuestro lado más perverso y exploran la posibilidad de hallar la redención a través de un duro sacrificio. Las temáticas que tanto fascinan al realizador están tan presentes en esta película como en cualquier otra de su filmografía pero observadas desde un curioso prisma que les confiere un dramatismo que casa muy bien con la atmósfera general. Así, el patetismo casi de telenovela, alcanza aquí un nivel de pertinencia rara vez logrado en el resto de su filmografía y es presentado, contra todo pronóstico, como un accesorio necesario para la trama. El uso del color rojo sigue siendo una constate, como no podía ser de otro modo, al igual que siempre lo ha sido en la dilatada carrera de Almodóvar.

Cabe destacar la sobrecogedora banda sonora obra de Alberto Iglesias y la genial interpretación de los actores, que casa muy adecuadamente con el tono desenfadado y de una irrealidad autoconsciente del film en cuestión. El montaje es una verdadera delicia y hace que el retorcido guión destaque más aún si cabe junto con una espectacular fotografía en la que predominan los tonos azulados y los colores apagados.

Dicho todo esto, lo cierto es que la película no tuvo una gran acogida y que no está valorada como una de las obras maestras del director. Quizás sea por eso por lo que este humilde espectador haya podido sentirse más identificado, por su imperfección, porque no es del agrado de todo el mundo, porque no es una película fácil de digerir, quizás por eso me tocó de forma tan profunda, pues al igual que sus protagonistas, lucha por su propia redención, clamando a gritos nuestra comprensión y aceptación.

Películas como estas son las que marcan la diferencia, son las que distinguen a un director convencional de alguien tan personal como Pedro Almodóvar y son las que demuestran que no es necesario pasar por una escuela de cine o tener buenos contactos si se tiene talento. Muy recomendable aunque no para todos los estómagos.

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