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Odiar la vida y amar el teatro. Reseña de "Misántropo" por Benito Elías García Valero

Alicante, 23 de noviembre de 206

El pasado 15 de noviembre, Gaudint Teatre puso en escena en el Paraninfo de la Universidad de Alicante el clásico de Molière "Misántropo".

 

 

 

Odiar la vida y amar el teatro

Por Benito Elías García Valero

Vuelve al Paraninfo una de las mejores compañías de teatro joven, Gaudint Teatre, que se ha dedicado esta temporada a un nada sencillo Misántropo, la obra de Molière recientemente adaptada por Miguel del Arco. El prestigioso director logró una loable actualización de los diversos temas universales que trata la comedia original: la hipocresía, la verdad, la justicia, la amistad. Manel Gimeno da un paso más allá e incluso versiona la propuesta de Miguel del Arco, no sabemos si por necesidades de reparto, al utilizar un personaje femenino para un papel que en principio era masculino (Filinto), lo cual dota a la historia de un episodio de romance entre mujeres que otorga aún más frescura al clásico.

La puesta en escena parte de una fiesta de ilustres personajes VIP emanados de la élite de nuestra sociedad: políticos poderosos, jueces influenciables, tiburones de los negocios, artistas atrevidos. La fiesta está teniendo lugar tras un muro situado en la parte derecha del escenario, y que impávidamente abre de vez en cuando un grueso portero para dar entrada y salida a los personajes. Desde la puerta desciende una escalera metálica que desemboca en el callejón sin salida que es el escenario y las vidas de los personajes de la obra, en su mayoría mentirosos y manipuladores sin aprensión. Unas cajas de refrescos decoran algún rincón y el resto queda prácticamente libre para exhibir los juegos sucios y las bajezas morales que tanto atormentan a Alceste, el protagonista. En vez de iluminarle, la idea de una franqueza pura e irrealizable hunden a este sincericida en la apatía y la furia desatada, cuyas razones se van exponiendo en los distintos conflictos que exhiben los personajes.

Tenemos retos amorosos, evaluaciones artísticas, tríos sentimentales, traiciones al descubierto y otros juegos, casi siempre malévolos, que representan lo peor de la sociedad de la Francia del siglo XVII, de la España del siglo XXI, en la que se relocaliza esta versión y, en definitiva, de cualquier otra parte del globo donde habite el hombre. Cierto es que la primera escena se antoja algo alargada, y aunque los actores interpretan con agilidad, sus largas intervenciones parecen vaticinar una obra filosófica algo plomiza. En el minuto décimo se rompe la predicción al entrar el frenético Oronte en acción, y desde entonces las escenas se suceden con una fluidez de vértigo. Manel Gimeno ha sabido acompasar el buen hacer de Miguel del Arco y redirigir todo el ímpetu de estos jóvenes actores hacia una empresa de éxito: Misántropo se siente a veces como un refinado show, capaz de entremezclar diálogos de clara raigambre neoclásica, bien presente en el vocabulario y la sintaxis del lenguaje, con tipos sociales posmodernos que nos hablan de conflictos universales.

Todo en el espectáculo está hecho para resaltar las sombras morales de sus mediocres personajes. El vestuario los caracteriza como personas de éxito: trajes, pajaritas, vestidos elegantes, tacones altos bien combinados al gusto de la moda de gala. La iluminación sabe crear espacios y tiempos alternativos, y acompaña al par de bailes que se marcan los personajes a modo de intermedios de algunas escenas. Sorprendente la iluminación que enfatiza la escena en la que los personajes parecen bailar a cámara lenta, o así parece percibirlos un drogado Alceste que también ha consumido los polvos que sus amigos dibujaban en un tablero. La música está presente únicamente en el abrir y cerrar de la puerta de la discoteca. En esos breves momentos suena una estupenda selección de los mejores éxitos dance y pop de las últimas tres décadas: cualquier nacido alrededor de los ochenta y versado en la noche sabrá reconocer todos y cada uno de ellos.

Pero la guinda que acaba de hacer de este Misántropo un trabajo realmente meritorio es el esfuerzo actoral. A Pablo Vera ya lo vimos junto con Alfredo Teja y Yaiza Sanchís en La noche del oso, hace un par de años, en un trío estupendo. Es constatable que su gran talento actoral ha madurado y consolidado lo que antes era precocidad, y ahora maneja soberbiamente todos los aspectos de la interpretación. Aunque algo atropellado en sus primeras intervenciones, rápidamente corrige la dicción para ofrecer una divertidísimo elenco de movimientos, chasquidos, gestos y miradas que ya le caracterizan con un estilo propio como pre-profesional. Aquí hay madera. También Alfredo Teja, que en principio lo tiene más difícil por encarnar al mal encarado Alceste, sale resuelto del reto, y ha sabido modular su desesperación hasta expresarla sin demasiados aspavientos. Los demás personajes mantienen por lo general la altura y la exigencia actoral de la obra, y confirman a esta compañía como una de las mejores canteras de la provincia. Que el pesimismo de Alceste no invada sus trayectorias y que la hipocresía de Celimena les acompañe en el mejor sentido de la palabra: como excelentes fingidores.     

 

 

VEU Revista cultural de la Universidad de Alicante


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