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Siempre nos quedará el teatro

 

  • Sarah y Nora toman el café de las cinco
  • Producción: Catarsis (México).
  • Director: Juan Luis Mira.
  • Intérpretes: Diana Terrazas, Silvia Romero y Amin Hamada. 
  • 9 de marzo de 2016. Colegio Mayor de la Universidad de Alicante.

 

 

 

Siempre nos quedará el teatro

Una crítica de Benito Elías García Valero.

Desde la madurez de quien lo ha contemplado prácticamente todo en el teatro de la vida, Juan Luis Mira concibe una obra que rescata la memoria de dos mujeres excepcionales que vivieron a finales del siglo XIX: Sarah Bernhardt (Diana Terrazas) y Eleonora Duse o Nora (Silvia Romero), dos actrices de generaciones consecutivas que se disputarán el estrellado sobre los escenarios de París y, por metonimia, de Europa. No lo tienen fácil. Una ya es una estrella, aunque en declive; la otra es italiana, extranjera por tanto, y la joven promesa de que Sarah no puede sino envidiar. Las caracterizan dos estilos tan opuestos como la sus vidas: Sarah era hija de una prostituta de quien parece haber aprendido el arte de fingir y la extensión de la sexualidad en cada aspecto de su dicción, y Nora se presenta como una actriz ingenua, de un candor inocente y arrebato disimulada. Con la excusa de tomar el té, acabarán sometiéndose a un duelo actoral que decidirá cuál de las dos merece el trono.


El espectador está llamado a una obra limpia, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la temática como en procedimientos escénicos. En la primera mitad del espectáculo, Sarah parece dialogar con Nora sobre su concepción de la vida, el amor y la profesión, pero el poco peso de las respuestas de la italiana y la práctica ausencia de dialéctica hacen que esta primera parte se pueda entender como un largo monólogo. Asistimos a una enumeración de frases y reflexiones muy interesantes que nacen de la madurez artística e intelectual del dramaturgo. Diríamos, además, que la primera parte no se adscribe casi a ningún género: sin conflicto, ni peripecia, Sarah expone su filosofía vitalista y nihilista al tiempo que hace algunas referencias al pasado, explica un par de historia y dejando entrever su personalidad. Pero la verdad es que el comienzo de la obra, con Sarah emergiendo de un ataúd para asustar con un grito Nora y todo el público, y la próspera presencia de las dos, ataviadas con lujosos terciopelos y tocadas con peinados teatrales y algún escote sensual, sugería un mayor dinamismo escénico.


La segunda parte comienza con el inicio de un juego que propone Sarah y, ahora sí, se consigue la seducción que, para esta actriz, pretende el arte teatral. Lo que podría ser calificado con la expresión hollywoodiense de secundario de lujo, Amin Hamada, da vida a un mayordomo que será la víctima de estas dos actrices que jugarán a ser actrices y se apuesta la sucesión o la permanencia: si la joven Nora seduce el mayordomo, Sarah le cederá su teatro durante un mes; si es la más talluditos la que se sale, Nora se volverá a Italia sin saborear las glorias del público francés. Entendemos entonces que la obra nos había estado preparando para esta segunda mitad, brillante y alocada, que estabiliza el ritmo de la representación y hará que quieren los minutos para el público. Las actrices exhiben un talento interpretativo al servicio del humor y del absurdo, y provocan situaciones y diálogos que animan al público a transformar en risa la sonrisa que había mantenido durante la primera parte.


El valor artístico de esta pieza lo remacha la sinergia de varios lenguajes teatrales que conspiran unidos para realzar el tema principal de la obra. El maquillaje, exagerado en Sarah y ausente en Nora; el vestuario, recatado en Nora para inducirnos al engaño de su pretendida inocencia; el escenario, que representa una absurda alcoba con lugares desde los que se puede ver sin ser visto; una divertida canción original que parodia las intenciones de las dos actrices ... El teatro rezuma por cada rendija de esta obra que llega a ser, en varias ocasiones, metateatro: las actrices representan un papel para seducir a un mayordomo que, a la vez, interpreta la su propia argucia. Todo juega a la dualidad auténtico / falso para hacer tambalear nuestras creencias más fundamentales: no sabemos si vivimos o representamos, o si continuamos protagonizando epílogos de aquel sempiterno tópico literario del theatrum mundi, al que esta obra acaba siendo una amena contribución.

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