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"Por los caminos de la memoria", crítica de Sedientos, Cía. Ferroviaria

 

Por los caminos de la memoria

Una reseña de Jorge Ruipérez Puentes

Narra Mijaíl Chéjov que su maestro, Stanislavski, andaba dándole efusivas directrices sobre interpretación cuando, de repente, hizo un espasmódico movimiento con los brazos: “esa es toda la psicología de tu personaje”, le dijo riendo. Reflexiona Chéjov cómo aquel gesto le reveló, sin embargo, la naturaleza del papel. Tal es la importancia de la fisicidad en el camino hacia lo psíquico. La venerable Cía. Ferroviaria, siempre atenta a tales cuestiones, desarrolla este trayecto doblemente.


En primer lugar, por la elección del texto. El canadiense Wajdi Mouawad, autor de Sedientos (Assoiffés), es uno de los de los dramaturgos contemporáneos más estimulantes de la última época; sus textos, entre los cuales destaca la tetralogía Le sang des promesses, logran la impresionante hazaña de trenzar con limpieza el tono realista, una diégesis rabiosamente contemporánea y la pulsión arrebatada de la tragedia griega. En esta ocasión, el epicentro es el difícil tránsito entre la adolescencia y la edad adulta, en una alabanza a la pasión del joven Murdoch (Salva Riquelme), quien no puede sino rabiar por tener que abandonarse a la resignación de la madurez. Boom (Morgan Blasco), dominado por ella, es un antropólogo forense que, años más tarde, se encuentra con el cadáver congelado de este apasionado adolescente y, como la magdalena proustiana, ilumina con su sola presencia los rincones perdidos de su memoria. De lo físico a lo psicológico, como se viene comentando. Y en ese discurrir mental, el antropólogo entrevera sus monólogos con los de Murdoch que, por una suerte de psicomagia, posibilita la dialéctica entre sendos momentos vitales.   

El segundo trayecto de la fisicidad a la psique se encuentra en el alma misma de la Cía. Ferroviaria, cuyo espíritu viene caracterizándose por envolver el texto con los mecanismos del teatro de creación. Sus últimos espectáculos –Equus, El sueño de la razón– son buena prueba de ello; en este caso, la compañía articula una propuesta eminentemente alegórica que, mediante la metáfora corpórea, visual y acústica, libera muchas de las virtudes del texto, ya que la obra de Mouawad, transversalmente influida por este componente de creación, se presta con buen ánimo a ello. De esta manera, el texto no puede sino cuajar en el espectador con la misma fortuna que Chéjov descubría la esencia de su personaje.  


Con todo, este texto dificulta las propuestas escénicas firmes; Macià, muy cerca de conseguirlo, tambalea, sin embargo, en algunas de sus decisiones. La apuesta por un espacio escénico hondamente poético es acertada en su sobriedad y sincretismo, también por alinearse al lirismo de Mouawad. La iluminación de Pedro Yagüe, de tonos fríos, con un uso frecuente de las luces laterales, fomenta el misterio y viene a subrayar la indeterminación de un espacio prácticamente desnudo, en el que es imprescindible el trabajo físico del actor. Así, a sus interpretaciones –excesiva en Riquelme, más orgánica en Blasco, aunque algo carente de ideas–, se une la alegoría: la sugerencia de espacios simbólicos, las metáforas que enmarcan ciertos parlamentos, partituras de movimiento que evidencian el estado de un personaje y, finalmente, Eloísa Azorín, personaje pequeño que, no obstante, se ve forzado a vestir la escena durante toda la función con sus, por otro lado, elegantes movimientos y su potente voz. Cuestión diferente es la música en directo de Leandro Martínez-Romero, cuya guitarra eléctrica se integra mejor en el pulso de la función, subrayando discretamente los momentos de tensión y explotando cuando la rabia Murdoch lo exige. Tales estallidos, por cierto, suelen ir dirigidos al público; cuando eso ocurre, los actores acusan un tono que no conecta con el espectador y, si bien cae la cuarta pared, el texto los sigue separando del espectador, reduciendo tales parlamentos a un tic muy propio de la escena contemporánea. De hecho, este es el punto que hace tambalear, sin derrumbar, la coherencia del espectáculo: una excesiva tensión del artefacto escénico en pos de ciertos recursos que, por el camino, se ven reducidos a estos amaneramientos que se vienen mencionando.

 
Pese a ello, la propuesta no deja de ser altamente atractiva, un intenso viaje hacia las mismas entrañas del ansia por la libertad. Como Stanislavski hacía con Chéjov, la Cía. Ferroviaria no solo pone en pie un gran texto, sino que tiene la inestimable habilidad de sumergir al espectador en él por medio de su siempre interesante concepto de la escena. Y entonces, inevitablemente, llega la revelación.


Sedientos 15 abril 2016 en Paraninfo UA 4
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