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Crítica de "Electra", de Sófocles. Por Elías García Valero

LA DANZA DE LA VENGANZA


Electra de Sófocles. Versión: Ricardo Arqueros. Intérpretes: Enric Piera, Daniela Moya, Samara Campaña, Raquel Presas, Rus Hernández, María Mira, Raúl Riquelme, Jesús Mora. Dirección Ricardo Arqueros. 12 de mayo de 2016. Paraninfo de la Universidad de Alicante.

Electra, de Sófocles, por el Taller de Teatro de la UADesde el Inframundo, el monólogo de un muerto da comienzo a esta versión de Electra que nos ha preparado el Aula de Teatro de la Universidad de Alicante. Hasta que no salgamos del teatro no parecerá que hemos abandonado el Purgatorio. El último en morir, un Agamenón tendido sobre una caja a modo de altar profanado, inaugura la representación al ritmo de un ritual oriental. La estética primera apunta al esperpento, a la imagen desfigurada, al gesto desarticulado, al desgarro, y ese apunte se sostiene en el resto de la representación. El gesto grotesco da no obstante lugar a una liturgia extraña, con movimientos y sentencias cadenciosas, iluminación onírica, más bien de pesadilla espectral. Algunas notas musicales aisladas, tocadas por cuerdas hirientes, confieren un halo de dramaturgia oriental, semejante al teatro noh, a la apertura de esta Electra. Tras el monólogo de Agamenón y el primer alarido de Electra, entran al primer plano unas Erinias irrefrenables nacidas de la misma caja que sostenía al rey difunto; cubiertas de tierra y lodo hasta los cabellos; parecen haber emergido del mismo Infierno. Rompe el mistérico efecto una peculiar superposición de planos que nos cuenta en distintos espacios escénicos los motivos que llevan a la actual locura colérica de Electra: la unión de su madre Clitemnestra con el ahora rey Egisto. Ambos, en dos tiempos y planos distintos, insinúan un acto sexual que, si bien es pertinente en este tornado de pasiones, su ejecución provoca cierta sorpresa en el espectador.

Este inquietante arranque sirve de excelente aperitivo para lo que viene después. En el núcleo de la obra hallamos los textos de Sófocles, pero el director, Ricardo Arqueros, se ha permitido versionar el original griego y añadir monólogos y textos que ayudan al espectador a entrar en el conflicto representado. Su principal herramienta es una iluminación inspirada en el mismo Hades, que recurrentemente dibuja un círculo de luz en el centro del escenario sobre el que bailan los diálogos de los personajes. El gran acierto de esta Electra es la incursión en los terrenos de las artes aledañas al teatro, sobre todo la danza y la performance. En torno al círculo discuten Electra y Crisótemis, Electra y Clitemnestra, y bailan las furiosas Erinias para sostener el aliento de venganza que impulsa a Electra (Daniela Moya) a declamar extenuante: no se permite la entonación pausada, ni mucho menos el susurro, para vocear a todo el auditorio su desesperación y su ansia de justicia y venganza, que en la obra de Sófocles son palabras sinónimas. Con los actores danzan sus vestuarios: adustos para una Electra desahuciada del palacio, y suntuosos para los que viven en él: Crisótemis, Egisto y Clitemnestra, una reina orgullosa y despótica, que en esta versión resulta muy malvada, tanto que casi raya en la simplicidad de carácter.

Como el director manifiesta una elevada pretensión artística, sorprende que triunfe  con un escenario tan desnudo: tierra por el suelo, probablemente procedente de la tumba de Agamenón o del futuro túmulo de su esposa y de Egisto, algo de niebla, y para el resto, hágase la luz. La voluntad de poetizar con el espacio y los objetos alcanza su culmen con las puertas del palacio, formadas por las dos mitades de la caja que sostenía a Agamenón al principio, dando a entender que en esa casa ya todo es un sepulcro. Para dar vida a esta historia, los actores del Aula de Teatro se entregan completamente en alma y, sobre todo, cuerpo: se agarran, se estiran, forcejean, se lanzan al suelo y dominan con contorsiones corporales a los sometidos, como Egisto al final de la obra cuando casi aplasta con su cuerpo a una Electra que simula estar vencida. Intentan acompañar este magistral trabajo de movimientos con unas voces siempre apasionadas, que en ocasiones rozan la estridencia, y no dejan descanso al espectador que durante una hora y media asiste a esta brutal tragedia. El final de la obra vuelve a recuperar el tono mistérico del principio: en dos planos simultáneos pero escindidos se nos narra el asesinato de Clitemnestra, un recurso que impresiona por servir de marco a una Electra, apoyada por las Erinias, que solo puede pedir más y más sangre a su hermano Orestes. Cuando se apagan las luces del escenario, el espectador suspira aliviado, y agradecido por el tremendo esfuerzo que ha realizado el equipo de esta Aula de Teatro, bien que fuera para acercarle por unos minutos al peor de los infiernos.

Benito Elías García Valero

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